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segunda-feira, 13 de abril de 2020

EDGAR MORIN E O FUTURO





EDGAR  MORIN  E  O  FUTURO

O universitário italiano Nuccio Ordine entrevistou sobre a crise atual, para o jornal italiano CORRIERE DE LA SERA, o pensador francês EDGAR MORIN. Esta conversa foi difundida no passado dia 11 de abril pelo jornal espanhol EL PAÍS.

Vamos reproduzi-la de seguida em língua espanhola.
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Como nos diz Edgar Morin: “Vivimos en un mercado planetario que no ha sabido suscitar fraternidad entre los pueblos”
El filósofo francés reflexiona a sus 98 años sobre los efectos de la epidemia de coronavirus y alerta contra los peligros del darwinismo social y la destrucción del tejido público en sanidad y educación
La unificación técnico-económica del mundo que trajo el capitalismo agresivo en los años noventa ha generado una enorme paradoja que la emergencia del coronavirus ha hecho ahora visible para todos: esta interdependencia entre los países, en lugar de favorecer un real progreso en la conciencia y en la comprensión de los pueblos, ha desatado formas de egoísmo y de ultranacionalismo. El virus ha desenmascarado esta ausencia de una auténtica conciencia planetaria de la humanidad”. Edgar Morin habla con su habitual pasión por Skype. Él, como millones de europeos, se encuentra confinado en su casa del sur de Francia, en Montpellier, con su esposa.
Está considerado como uno de los filósofos contemporáneos más brillantes; a los 98 años (el 8 de julio cumplirá 99) Morin lee, escribe, escucha música y mantiene contacto con amigos y parientes. Sus ganas de vivir demuestran con fuerza el drama de un azote que está aniquilando a miles de ancianos y de enfermos con patologías previas. “Sé bien —dice con tono irónico— que podría ser la víctima por excelencia del coronavirus. A mi edad, sin embargo, la muerte está siempre al acecho. Por lo tanto es mejor pensar en la vida y reflexionar sobre lo que pasa”.
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Pregunta. La mundialización de la que habla ha creado un gran mercado global que, a través de la tecnología más avanzada, ha reducido considerablemente las distancias entre continentes. Pero esta reducción de las distancias no ha favorecido un diálogo entre los pueblos. Al contrario, ha fomentado el relanzamiento del cierre identitario en sí mismo, alimentando un peligroso soberanismo.

Respuesta. Vivimos en un gran mercado planetario que no ha sabido suscitar sentimientos de fraternidad entre los países. Ha creado, de hecho, un miedo generalizado al futuro. Y la pandemia del coronavirus ha iluminado esta contradicción haciéndola aún más evidente. Me hace pensar en la gran crisis económica de los años treinta, en la que varios países europeos, Alemania e Italia sobre todo, abrazaron el ultranacionalismo. Y, pese a que falte la voluntad hegemónica de los nazis, hoy me parece indiscutible este cierre en sí mismos. El desarrollo económico-capitalístico, entonces, ha desatado los grandes problemas que afectan nuestro planeta: el deterioro de la biosfera, la crisis general de la democracia, el aumento de las desigualdades y de las injusticias, la proliferación de los armamentos, los nuevos autoritarismos demagógicos (con Estados Unidos y Brasil a la cabeza). Por eso, hoy es necesario favorecer la construcción de una conciencia planetaria bajo su base humanitaria: incentivar la cooperación entre los países con el objetivo principal de hacer crecer los sentimientos de solidaridad y fraternidad entre los pueblos.
La experiencia nos enseña que todas las graves crisis pueden incrementar fenómenos de cierre y de angustia: la caza al infractor o la necesidad de un chivo expiatorio, a menudo identificado con el extranjero o el migrante

P. Intentemos analizar esta contradicción en una escala reducida, tomando en consideración el microcosmos de las relaciones personales. La incursión del virus ha puesto en crisis la ideología de fondo que ha dominado las campañas electorales en estos últimos años: eslóganes como “America First”, “La France d’abord”, “Prima gli italiani”, “Brasil acima du tudo han ofrecido una imagen insular de la humanidad, en la que cada invididuo parecer ser una isla separada de las otras (utilizando la bonita metáfora de una meditación de John Donne). En cambio, la pandemia ha mostrado que la humanidad es un único continente y que los seres humanos están ligados profundamente los unos a los otros. Nunca como en este momento de aislamiento (lejos de los afectos, de los amigos, de la vida comunitaria) estamos tomando conciencia de la necesidad del otro. “Yo me quedo en casa” significa no solo protegernos a nosotros mismos sino también a los otros individuos con los que formamos nuestra comunidad.

R. Así es. La emergencia del virus y las medidas que nos obligan a quedarnos en casa han terminado por estimular nuestro sentimiento de fraternidad. En Francia, por ejemplo, cada noche tenemos una cita en nuestras ventanas para aplaudir a nuestro médicos y al personal hospitalario que, en primera línea, asiste a los enfermos. Me he emocionado, la semana pasada, cuando he visto en televisión, en Nápoles y en otras ciudades italianas, a las personas asomarse a los balcones para cantar juntas el himno nacional o para bailar al ritmo de las canciones populares. Pero está también la otra cara de la moneda. La experiencia nos enseña que todas las graves crisis pueden incrementar fenómenos de cierre y de angustia: la caza al infractor o la de necesidad un chivo expiatorio, a menudo identificado con el extranjero o el migrante. Las crisis pueden favorecer la imaginación creativa (como ocurrió con el New Deal) o provocar regresión.

P. ¿Alude también a la Europa que frente a la emergencia sanitaria ha revelado, una vez más, su incapacidad de programar estrategias comunes y solidarias?

R. Por supuesto. La pseudo Europa de los banqueros y de los tecnócratas ha masacrado en estas décadas los auténticos ideales europeos, cancelando cada impulso hacia la construcción de una conciencia unitaria. Cada país está gestionando la pandemia de manera independiente, sin una verdadera coordinación. Esperemos que de esta crisis pueda resurgir un espíritu comunitario capaz de superar los errores del pasado: desde la gestión de la emergencia de los migrantes hasta el predominio de las razones financieras sobre las humanas, desde la ausencia de una política internacional europea a la incapacidad de legislar en la materia fiscal.

P. ¿Cual ha sido su reacción frente al primer discurso de Boris Johnson, al despiadado cinismo con el que ha invitado a los ciudadanos británicos a prepararse a los miles de muertos que el coronavirus provocaría y a aceptar los principios del darwinismo social (la supresión de los más débiles)?

R. Un ejemplo claro de cómo la razón económica es más importante y más fuerte que la humanitaria: la ganancia vale mucho más que las ingentes pérdidas de seres humanos que la epidemia puede infligir. Al fin y al cabo, el sacrificio de los más frágiles (de las personas ancianas y de los enfermos) es funcional a una lógica de la selección natural. Como ocurre en el mundo del mercado, el que no aguanta la competencia es destinado a sucumbir. Crear una sociedad auténticamente humana significa oponerse a toda costa a este darwinismo social.

P. El presidente Macron ha utilizado la metáfora de la guerra para hablar de la pandemia. ¿Cuáles son las afinidades y las diferencias entre un verdadero conflicto armado y lo que estamos viviendo?

R. Yo, que he vivido la guerra, conozco bien los mecanismos. Primero, me parece evidente una diversidad: en guerra, las medidas de confinamiento y toque de queda son impuestas por el enemigo; ahora en cambio es el Estado el que lo impone contra el enemigo. La segunda reflexión tiene que ver con la naturaleza del adversario: en una guerra es visible, ahora es invisible. También para aquellos como yo, que han participado en la resistencia, la analogía podría funcionar igualmente: para los partisanos la Gestapo era como un virus, porque se metia en cualquier lado, porque todo lo que estaba alrededor de nosotros habría podido tener oído para informar y denunciar. Ahora no sé si este periodo de confinamiento durará el tiempo suficiente para provocar restricciones que podrían recordar el racionamiento de la comida y los comercios ocultos del mercado negro. Pienso, y espero, que no. De todos modos, no creo que utilizar la metáfora de la guerra pueda ser más útil para comprender esta resistencia a la epidemia.

P. A propósito de la solidaridad humana: ¿no le parece que los científicos en este momento están promocionando una colaboración internacional para buscar la derrota del virus? ¿La llegada de médicos chinos y cubanos en el norte de Italia no es una señal de esperanza?

R. Esto es indiscutiblemente positivo. La red planetaria de investigadores testifica un esfuerzo hacia un bien común universal que cruza las fronteras nacionales, los idiomas, el color de la piel. Pero no se deben infravalorar los fenómenos de cohesión nacional: estar, lo recordaba antes, alrededor de los operadores sanitarios que trabajan en los hospitales. Muchos, sin embargo, son dejados fuera de estas nuevas formas de agregación solidaria: personas solas, ancianos y familias pobres no conectadas a la Red, sin contar a los que viven en la calle porque no tienen una casa. Si este régimen durara por un periodo largo, ¿cómo seguiríamos cultivando la relaciones humanas y cómo conseguiríamos tolerar las privaciones?

P. Me gustaría que abordáramos otra vez el tema de la ciencia. Después del desastre de la Segunda Guerra Mundial, las primeras relaciones entre Israel y Alemania se produjeron a través de los científicos. El año pasado, mientras visitaba el Cern de Ginebra con Fabiola Gianotti, vi alrededor de una mesa investigadores que procedían de países en conflicto entre ellos. ¿No piensa que la investigación científica de base, la que no espera ganar nada, pueda contribuir a promocionar en esta emergencia de la pandemia un espíritu de fraternidad universal?

R. Claro que sí. La ciencia puede desempeñar un papel importante, pero no decisivo. Puede activar un diálogo entre los trabajadores de diferentes países que en este momento trabajan para crear una vacuna y producir fármacos eficaces. Pero no se debe olvidar que la ciencia es siempre ambivalente. En el pasado, muchos investigadores han trabajado al servicio del poder y de la guerra. Dicho esto, yo confío mucho en esos científicos creativos y llenos de imaginación que ciertamente sabrán promocionar y defender una investigacion cientifica solida y al servicio de la humanidad.
La red planetaria de investigadores testifica un esfuerzo hacia un bien común universal que cruza las fronteras nacionales, los idiomas, el color de la piel

P. Entra las emergencias que la epidemia ha evidenciado está sobre todo la sanitaria. En algunos países europeos, los Gobiernos han debilitado progresivamente los hospitales con sustanciales recortes de recursos. La escasez de médicos, enfermeros, camas y equipamientos han mostrado una sanidad pública enferma.

R. No hay duda de que la sanidad tenga que ser pública y universal. En Europa, en las últimas décadas, hemos sido víctimas de las directivas neoliberales que han insistido en una reducción de los servicios públicos en general. Programar la gestión de los hospitales como si fueran empresas significa concebir los pacientes como mercancía incluida en un ciclo productivo. Esto es otro ejemplo de cómo una visión puramente financiera pueda producir desastres bajo el punto de vista humano y sanitario.

P. La sanidad y la educación constituyen los dos pilares de la dignidad humana (el derecho a la vida y el derecho al conocimiento) y las bases del desarrollo económico de un país. El sistema educativo también ha sufrido recortes terribles en estas décadas.

R. La sanidad y la educación, bajo este punto estoy de acuerdo con lo que ha escrito en sus libros, no pueden ser gestionados por una lógica empresarial. Los hospitales o las escuelas y las universidades no pueden generar ganancia económica (¡no deberían vender productos a los clientes que los compran!), pero deben pensar en el bienestar de los ciudadanos y en formar, como decía Montaigne, “teste ben fatte”. Se debe reencontrar el espíritu del servicio público que en estas décadas ha sido fuertemente reducido.

P. Ahora, con las escuelas y las universidades cerradas, se hace necesario recurrir a la enseñanza a distancia para mantener vivas las relaciones entre profesores y estudiantes.

R. Gracias a la tecnología se puede conseguir no romper el hilo de la comunicación. También la televisión en Francia se está organizando para ofrecer programas a los estudiantes de los institutos. Pero la cuestión, como bien sabe, es de fondo: en diferentes libros míos he puesto en evidencia los límites de nuestro sistema de enseñanza. Pienso que no se adaptó a la complejidad que vivimos desde el punto de vista personal, económico y social. Tenemos una conciencia dividida en compartimentos estancos, incapaz de ofrecer perspectivas unitarias e inadecuada para enfrentar de manera concreta los problemas del presente. Nuestros estudiantes no aprenden a medirse con los grandes desafíos existenciales, tampoco con la complejidad y la incertidumbre de una realidad en constante mutación. Me parece importante prepararse para entender las interconexiones: cómo una crisis sanitaria puede provocar una crisis económica que, a su vez, produce una crisis social y, por último, existencial.

P. Algunos decanos y algunos profesores han considerado la experiencia de la pandemia como una ocasión para relanzar la enseñanza telemática. Pienso que es necesario recordar que ninguna plataforma digital puede cambiar la vida de un alumno. ¿Así no se corre el riesgo de denigrar la importancia esencial de las clases en las aulas y del encuentro humano entre profesor y estudiante?

R. Se debe distinguir la excepcionalidad impuesta por el virus de las condiciones normales. Ahora no tenemos elección. Pero conservar el contacto humano, directo, entre profesores y alumnos es fundamental. Solo un profesor que enseña con pasión puede influir realmente en la vida de sus estudiantes. El papel de la enseñanza es sobre todo el de problematizar, a través de un método basado en preguntas y respuestas capaz de estimular el espíritu crítico y autocrítico de los alumnos. Desde la infancia, los estudiantes tienen que dejar rienda suelta a su curiosidad, cultivando la reflexión crítica. Enseñar es una misión, como la que están cumpliendo ahora los médicos: se trata, en cualquier caso, de ocuparse de vidas humanas, de personas, de futuros ciudadanos.

P. El virus ha conseguido hacer explotar también los límites de la rapidez. El confinamiento en nuestras casas nos ha ayudado a redescubrir la importancia de la lentitud para reflexionar, para entender, para cultivar los afectos.

R. Me parece indiscutible. La epidemia, con las restricciones que ha generado, nos ha obligado a realizar una saludable desaceleración. Yo mismo he notado un fuerte cambio en mi ritmo cotidiano: ya no es cronometrado y jalonado como lo era antes. Cuando dejé París para vivir en Montpellier ya noté un notable cambio en el desarrollo de mis jornadas. Ahora, con mayor conciencia, me estoy (nos estamos) reapropiando del tiempo. Bergson había entendido bien la diferencia entre el tiempo vivido (el interior) y el tiempo cronometrado (el exterior). Reconquistar el tiempo interior es un desafío político, pero también ético y existencial.

P. Precisamente ahora nos damos cuenta de que leer libros, escuchar música, admirar obras de arte es la manera mejor de cultivar nuestra humanidad.

R. Sin duda. El confinamiento está haciendo que nos demos cuenta de la importancia de la cultura. Una ocasión —a través de estos saberes que nuestra sociedad ha llamado injustamente “inútiles” porque no producen ganancias— para comprender los límites del consumismo y de la carrera sin pausa hacia el dinero y el poder. Habremos aprendido algo en estos tiempos de pandemia si sabemos redescubrir y cultivar los auténticos valores de la vida: el amor, la amistad, la fraternidad, la solidaridad. Valores esenciales que conocemos desde siempre y que desde siempre, desafortunadamente, terminamos por olvidar.

 [Transcrito de uma página virtual do jornal espanhol El Pais, que havia sido traduzida do © Corriere della Sera]


quinta-feira, 24 de julho de 2014

Sal dos Banqueiros, Labirintos do Capital

 
1. O chefe do grupo de banqueiros que tornou  ostensiva uma pressão conjunta sobre o ministro Teixeira dos Santos, através de uma audiência a que deram publicidade, para que fossem abertas as portas à troika, foi detido.

A grande alavanca que contribuiu para empurrar Teixeira dos Santos para uma dramática traição a Sócrates foi detida.

O diamante  dos banqueiros portugueses, símbolo de um clã carregado das máximas virtudes da alta finança, era afinal uma simples peça de um vidro brilhante, mas vulgar.

O citado banqueiro detido pode até nem ser um criminoso, mas é o causador assumido de um desastre importante na economia portuguesa. Veremos se o é, mas estamos certos do mal que já causou. Por especial perversidade? Não me parece; mais me inclino para uma irresistível tentação de percorrer sem prudência a passadeira de facilidades que o Estado, tolhido pela hegemonia do capital financeiro e empurrado pelas instâncias internacionais, lhe estendeu. Não há que absolve-lo das culpas que tiver, mas não se pode reduzir todo este grande escândalo aos desvarios de um homem, de uma família, ou de algumas famílias. É o sistema que tornou tudo isto possível e quase natural que tem que ser posto em causa. É o capitalismo que está em causa.

2.Por isso, há dois tipos de consequências que podem desde já  tirar-se. Primeiro, a narrativa da crise,  que nos assolou e continua a estrangular, que imputava aos povos do sul e aos seus governos a responsabilidade principal pela sua eclosão, particularmente no caso português, é uma tentativa de ocultação das causas principais do que nos está a acontecer. Na sua  raiz mais funda está o sôfrego desvario especulativo das instituições que corporizam o capitalismo financeiro, às quais, ao longo do processo de reequilíbrio tentado pelos poderes públicos, foram concedidas mais benesses do  que aplicados castigos. A esta luz, os que culpam em primeira linha o governo de Sócrates como causa principal da crise, mais não são do que encobridores mais ou menos inocentes dos verdadeiros causadores, hoje cada vez mais evidentes.

Em segundo lugar, é como deitar areia em saco roto limitar as medidas políticas a um ajuste de contas  pessoal com alguns banqueiros. É indispensável que , para além desse pequeno passo, seja visado o capitalismo em si próprio, contendo de imediato as expressões estruturantes da deriva neoliberal, em Portugal, na Europa e no mundo.

3. Sabemos que as sociedades modernas vivem através de mecanismos complexos que têm que ser tidos em conta, quando se pretende agir sobre eles para os modificar. Sabemos que, por vezes, o caminho mais direto  para a recuperação do capitalismo é a brusquidão imprudente com que se procura combatê-lo.

Precisamos por isso de mudar sem destruir, mas se não mudarmos seremos conduzidos a uma implosão certa no futuro. O capitalismo não é eterno. Falta saber se  a sua agonia será a agonia dos povos que o protagonizam, ou se estes conseguem pilotar a sua extinção vivendo uma metamorfose feliz; e assim se salvando como criaturas humanas. 

Por isso, é preciso mudar-se  de sistema e não apenas dentro do sistema. Por isso, o processo reformista que tarda (e que nada tem a ver com a contra-reforma neoliberal que temos vindo a sofrer) não é um empreendimento concebido para salvar o capitalismo, é um processo que pretendemos que nos conduza a um pós-capitalismo que incorpore os valores históricos do socialismo. Um processo que torne a metamorfose necessária, por que almejamos, tão pouco árdua quanto possível. Este é o desígnio histórico essencial dos socialistas que pode facilmente ser partilhado por todas as esquerdas. É um desígnio de longo prazo que implica um protagonismo firme, não só das instituições públicas, mas também das instâncias sociais, culturais e económicas da sociedade. Transformar o Estado para transformar os cidadãos, transformar os cidadãos para mais facilmente se poder transformar o Estado.

Olhemos para o imediato, sem esquecer o longo prazo; valorizemos o que é conjuntural, sem esquecer o que é estrutural. O futuro é longo, mas não pode ser adiado.

sábado, 5 de março de 2011

ENCONTRAR AS PERGUNTAS CERTAS


O que tem acontecido nos últimos anos, no plano económico e financeiro, sublinha uma verdade que os chamados desfavorecidos (podem chamar-se, com mais propriedade, explorados e oprimidos), sejam eles muito, pouco ou nada jovens, têm vindo a sentir na pele: o modo como está organizada socioeconomicamente a sociedade, faz com que ela não consiga produzir riqueza sem concomitantemente gerar pobreza e exclusão.

Por isso, o que será verdadeiramente decisivo para o aproveitamento da energia política, que já transparece do processo conducente à série de manifestações anunciadas pela geração, alegadamente à rasca, e pode revelar-se ainda muito maior, é a medida em que sejam capazes de colocar na agenda política as perguntas essenciais, abrindo com elas uma nova geração de políticas e sugerindo a possibilidade de um novo ciclo histórico.

Por exemplo, pode colocar-se de novo na ordem do dia um reexame sobre a legitimidade ética e a viabilidade política de se continuar a entregar a entidades privadas as decisões de investimento e de alocação de recursos financeiros, a partir do funcionamento do dogma da propriedade privada dos meios de produção. De facto, não deve esquecer-se que, no essencial, o capital é o trabalho anterior cristalizado, abstracto portanto, e é a ideia de que esse tipo de apropriação é inerente à lógica de mercado, a qual é olhada como a única que pode presidir, eficazmente e com um mínimo de efeitos colaterais perversos, à organização de uma sistema económico complexo numa conjuntura de modernidade. E que, portanto, está na base do tipo dominante de propriedade dos meios de produção actualmente vigente. As pessoas que desempenham o papel de capitalistas são investidas de um poder, cuja lógica está na ideia de que é esse o melhor caminho para beneficiar toda a sociedade e não como um benefício pessoal para quem o detém. É claro que as vantagens pessoais que suscita essa qualidade são um motivo forte para que os seus beneficiários queiram perpetuar esse tipo de estrutura, mas não é essa ambição o cerne da sua legitimidade.

Por isso, seria um enorme avanço na luta por uma sociedade nova se das manifestações saísse ao menos a dúvida quanto ao acerto em se insistir num tipo de sociedade que manifestamente não consegue desatar os nós que ela própria criou. Sonhos passados que se transformaram em pesadelos, caminhos que durante décadas se prometiam virados para o futuro, mas que se revelaram ser atalhos para lado nenhum, não podem ser encarados como certificados de eternidade para o tipo de sociedades em que temos vivido nos últimos séculos, até porque se desenham no horizonte limites objectivos à sua sobrevivência que só o fanatismo conservador, a estupidez mais bronca ou um verdadeiro egoísmo geracional podem ignorar. Pelo contrário, as rotas ilusórias antes percorridas fornecem-nos um vasto catálogo de erros e equívocos que não devem ser repetidos, que só voltarão a ser repetidos se a experiência histórica for desprezada.

O pior que podia acontecer é que destas novas multidões que se prometem ficasse a ilusão de que há algures um déspota esclarecido, ou um grupo maior ou menor de déspotas esclarecidos, capaz de na esteira de uma qualquer alquimia política, de onde resultasse uma panóplia de medidas miraculosas, trazer uma felicidade imediata para todos. Pelo contrário, tudo será diferente se começar a ser compreendido que só numa sociedade nova perderá razão de ser a angústia que os aflige, mas que ela será bem menor logo que realmente estejam a trilhar um caminho que os possa levar até ela; se for compreendido que a mudança que se precisa é um salto de uma dimensão imensa que só pode ser dado se, principalmente, a sociedade se puser em movimento, obrigando o Estado a uma sinergia virtuosa rumo a um mesmo horizonte. Um caminho tão ambicioso e tão necessário não se percorre em pouco tempo, mas quanto mais tarde começar a ser percorrido menos provável é que alguma vez o venha a ser.

Enfim, o futuro como horizonte só existirá se os que vivem os actuais presentes não deixarem que lho confisquem. Por isso, em suma, o que de melhor podem oferecer a si próprios os manifestantes que irão para as ruas, a si próprios e a todos nós, é começarem desde já a recuperar o futuro. Um futuro que as sórdidas sociedades actuais tão lamentavelmente têm esvaziado.

quinta-feira, 3 de março de 2011

ÉTICA E POLÍTICA


Procurar falar com simplicidade, mas sem simplismo, de coisas importantes é uma tarefa difícil. Por exemplo, reflectir sobre a relação existente entre a ética e a política.

Hoje, incrustou-se no senso comum a ideia de que é grande a distância entre uma e outra e que seria desejável que ela fosse encurtada. Muitas vezes é sincera a atitude que reflecte essa ideia, mas outras vezes não passa de uma hipocrisia grosseira. Não estamos perante uma excepção, mas não devemos esquecer essa dicotomia.

Dois vectores de raciocínio podem ajudar-nos. Como questão que envolve a maneira de cada indivíduo viver a política, a ética há-de ter uma incidência directa no comportamento de cada um de nós. Obedecerá necessariamente a padrões gerais que têm a ver com a nossa qualidade de seres humanos, natural e socialmente situados, mas também aos padrões de comportamento e motivação inerentes ao tipo específico de actividade que desenvolvemos. Neste último aspecto, a ética dos políticos tem talvez uma natureza diferente da ética das profissões, próxima da ética dos combatentes, nomeadamente, dos militares, mas diferente dela, já que os esses combatentes vivem, por necessidade individual objectiva, uma indesejável ausência de paz, enquanto os políticos vivem um combate que, de algum modo, é um elemento constitutivo e virtuoso do processo de desenvolvimento humano. E pode ainda dizer-se que a partir de um certo nível de qualificação ou de responsabilidade, os cidadãos politicamente activos são destinatários de um acréscimo de exigência.

Pode pois afirmar-se que os cidadãos que se envolvem activa e sistematicamente na política não estão dispensados de uma fidelidade completa aos padrões éticos que se impõem a qualquer indivíduo, mas são onerados por uma exigência mais funda inscrita numa ética de combate e potenciada pelo reconhecimento de que desfrutam junto dos que partilham as suas posições, bem como pela sua representatividade e pelo seu prestígio junto deles, em especial, e da sociedade em geral.

Mas há um outro plano de relacionamento entre a ética e a política que vai muito para além da individualidade pessoal dos protagonistas políticos, e que é a verdadeira pedra de toque para avaliar a legitimidade histórica de uma orientação política. Plano esse, cuja ausência pode esvaziar por completo de qualquer virtude ou utilidade as conquistas alcançadas no plano anterior.

De facto, a política ou é um caminho para uma sociedade livre, justa e fraterna, sempre mais livre, mais justa e mais fraterna, sob a égide da cooperação e da solidariedade, num ambiente de criatividade individual e colectiva, dando corpo a uma ética de efectiva humanização das sociedades, guiada por uma antropologia da esperança, ou pouco mais é do que uma tosca ocultação de práticas continuadas de exploração e de opressão. Ou seja, ou a política se funde com a ética, numa sinergia virtuosa que tenda cada vez mais a inscrever o futuro no modo como se vive o presente, ou é em si verdadeiramente uma prática anti-ética, independentemente da subjectividade dos indivíduos que a protagonizem.

Por isso, não faz sentido procurar envolver na mesma aura virtuosa todas as políticas ou todos os políticos, tal como não faz sentido envolvê-los no mesmo enxovalho. Comecemos por procurar saber se os objectivos de uma política na sua globalidade são qualificáveis positivamente no plano da ética, por visarem objectivos historicamente susceptíveis de serem desejados por todos os seres humanos, ou se são objectivos reconduzíveis a um mundo onde se aceite que convivam para sempre a opulência e a desgraça.

Quanto aos políticos que protagonizem o primeiro caminho, o reconhecimento de que partilham um caminho em que a política e a ética se relacionam numa sinergia virtuosa, apenas se pode sublinhar como é especialmente incongruente, e negativo para os seus próprios objectivos, que no plano do comportamento pessoal não atinjam a excelência ética inscrita no caminho político que escolheram.

Quanto aos políticos que sigam caminhos que materializam um descaso estrutural da política pela ética, embora se comportem com plena fidelidade aos padrões éticos no plano individual, apenas se pode desejar que a sua qualidade ética individual os conduza a um reexame estratégico das suas opções globais.
Para a política, a ética deve ser pois uma irmã. Mas nos dois planos e não apenas num.

sexta-feira, 25 de fevereiro de 2011

GERAÇÕES PERDIDAS?


Escreve-se e fala-se sobre a geração sacrificada, uma geração que viu esfumarem-se sonhos. Sonhos simples de realização e dignidade, horizontes legítimos de humanidade. As emoções que guiam essa amargura são limpas e justas. A revolta por lhes ter sido confiscado o futuro que lhes pertencia é um acto vertical.


Mas há uma pequena sombra na luminosidade dessa revolta. A sombra de um esquecimento. O esquecimento de que há séculos e séculos, em cada geração, foram sempre mais os sacrificados do que os eleitos. Sob o mando de estadistas clarividentes e futurantes ou sob o peso de estadistas obtusos , foi isso o que sempre aconteceu. Não só em Portugal, mas seguramente em Portugal.


Os poderes fácticos que resultam de um domínio e que o sustentam e perpetuam, sabem que por mais fortes que sejam, não podem deixar de ser sedutores, sob pena de a sua força máxima deixar de ser suficiente para suster as pulsões de inconformismo e revolta, que reflectem naturalmente a recusa de uma subalternidade definitiva por parte dos dominados.


Por isso, especialmente quando falta um sinal estratégico, um objectivo colectivo claro, aos exércitos dos dominados, os poderes fácticos apostam na exacerbação do imediato, na cólera contra os poderes aparentes, na explosão desencontrada das emoções justas, seguros que por muito que muitos sofram por explosões sociais desgovernadas, pouco ou nada dessas marés de desgraça os atingirá algum dia.


De facto, nenhuma incompetência na gestão da coisa pública pode ser negligenciada, nenhuma ligeireza na afectação de meios públicos pode ser aceite, nenhuma corrupção que encha os bolsos de poucos à custa de todos pode ser consentida. Mas só isso nunca será suficiente. É verdadeiramente essencial ir mais longe, ir ao fundo das coisas, para que todos compreendam, para que todos os que se sentem como uma geração sacrificada compreendam, que se os poderes políticos fossem exercidos com a competência máxima, se a afectação de dinheiros públicos fosse feita com uma ponderação inultrapassável, se a corrupção fosse reduzida a zero, enquanto o modo como está organizada a sociedade, enquanto o tipo de sistema económico-social vigente, não forem substituídos, nada fará sair a geração perdida do buraco histórico em que está. E o futuro continuará a ser apenas a promessa triste de uma sucessão de gerações sacrificadas.


É realmente assim. Os erros de governação, as más escolhas, os tropeções conjunturais , as catástrofes ocasionais, quando existam ou ocorram, podem agravar episodicamente as coisas, mas não devem confundir-se com as dinâmicas socio-económicas mais fundas que estão a conduzir a humanidade para o abismo. De facto, em diversos planos, por vários acontecimentos, os sinais têm-se acumulado nos últimos anos, alertando-nos para a acumulação acelerada de bloqueios económicos, ecológicos, sociais e políticos, que tendo já conseguido extorquir ao futuro a tonalidade da esperança, começam a ameaçar cancelá-lo, pura e simplesmente, como mera sobrevivência.


E há um desafio cruel, agravado pelas conjunturas dramáticas que se têm sucedido, complicando mais e mais a escolha de caminhos: é o facto de a justiça de uma revolta não ser garantia segura do seu desenlace auspicioso. Por isso, é não só incompreensível que alguém se conforme com o que lhe parece injusto ou errado, mas também cada vez mais arriscadas as revoltas mal calibradas. Arriscadas por inadequação prática dos meios usados, por descaso pelo tipo de caminho seguido, por completa incapacidade de uma antecipação precisa dos resultados mais prováveis.


De facto, na época actual, porventura mais do que em todas as outras, a acção cívica e a intervenção política precipitadas e impulsivas podem transformar-se em inesperados e involuntários apoios ao que mais fortemente queriam combater.


Tudo isto diz, naturalmente, respeito a toda a sociedade e não apenas à geração sacrificada. Mas talvez esta possa abrir portas até hoje fechadas. Principalmente, se compreender que, estando longe de ser a primeira geração perdida, talvez possa vir a ser a primeira geração a, maioritariamente, não se conformar com isso; ou a primeira geração que, no seu todo, está em condições de poder acabar com a fábrica de gerações sacrificadas, em que o capitalismo se transformou. E talvez possa fazê-lo tanto mais facilmente, quanto melhor perceber que o seu problema só tem solução no quadro de uma sociedade outra. Uma sociedade em que prevaleça, não a esperança num qualquer alpinismo social, mas a tranquila serenidade de o não achar necessário.

sexta-feira, 9 de abril de 2010

O banquete e as sombras


Uma neblina suave parece roubar a clareza das coisas. Nada, verdadeiramente, é aquilo que parece. Os que protestam sentem a justiça do que dizem em sofrimentos e frustrações reais, mas atacam, por vezes, apenas sombras, deixando ronronantes de uma tranquilidade felina os objectos que projectam essas sombras, contra as quais inutilmente se abate a sua justa ira.

Os que julgam que detêm o leme navegam afinal entre os perigosos baixios das realidades virtuais num empastelamento de contornos que confisca o horizonte e os obriga a navegar sem rumo, embora convencidos de que seguem a rota segura que a ciência lhes indica objectiva e neutra. Mas não. Realmente, surpreendem apenas por entre a neblina o cinzento etéreo de vagos contornos, esbatidos pelas ilusões, dia a dia tecidas, pelos seus fabricantes profissionais.

Os cães de guarda das casas do dinheiro rosnam numa fúria de quem quer sempre mais. A nossa vida vai sendo convertida lentamente em moedas, que se acumulam no remanso paradisíaco de uns poucos, que depois nos afrontam com uma generosidade hipócrita, restituindo-nos uma ligeira parte do que nos extorquíram, com a bonomia de quem nos salva por piedosa caridade.

Uma parte da matilha mediática, alguns dos vagos cachorros que uivam no deserto das opiniões, o coro aflito dos que se sentem sem futuro e o marulhar tenso do povo mais profundo, ameaçam a tranquilidade dos sultões empresariais, para cujos estratosféricos rendimentos apontam os focos de uma indignação crescente.

Dizem: se os que se sentam à mesa do banquete, que nos anunciam como se fosse a História, deixam escorrer para nós apenas a esquálida sombra de umas escassas migalhas, como é possível que atulhem os seus mastins de saborosas sobras e de vistosos restos de iguarias ?

Dizem ainda: tragam os mastins para dentro das nossas migalhas, não os deixemos banquetearem-se com o que nos falta!

Mas eu digo: sentemo-nos todos à mesa da História! Acabemos com o banquete de que nos dão pobres restos. Façamos um piquenique nos jardins do tempo para todos nós.Realmente, para todos.

segunda-feira, 1 de fevereiro de 2010

Lula, a Esquerda e o Brasil


Abaixo reproduzo o discurso do Presidente Lula, que acabou por não ser dito por ele, em Davos, dada a sua ausência, por razões de saúde. Foi lido pelo Ministro dos Estrangeiros do Brasil, Celso Amorim. Eis o texto:

"Minhas senhoras e meus senhores,Em primeiro lugar, agradeço o prêmio “Estadista Global” que vocês estão me concedendo. Nos últimos meses, tenho recebido alguns dos prêmios e títulos mais importantes da minha vida. Com toda sinceridade, sei que não é exatamente a mim que estão premiando – mas ao Brasil e ao esforço do povo brasileiro. Isso me deixa ainda mais feliz e honrado. Recebo este prêmio, portanto, em nome do Brasil e do povo do meu país. Este prêmio nos alegra, mas, especialmente, nos alerta para a grande responsabilidade que temos.Ele aumenta minha responsabilidade como governante, e a responsabilidade do meu país como ator cada vez mais ativo e presente no cenário mundial. Tenho visto, em várias publicações internacionais, que o Brasil está na moda. Permitam-me dizer que se trata de um termo simpático, porém inapropriado.O modismo é coisa fugaz, passageira. E o Brasil quer e será ator permanente no cenário do novo mundo. O Brasil, porém, não quer ser um destaque novo em um mundo velho. A voz brasileira quer proclamar, em alto e bom som, que é possível construir um mundo novo. O Brasil quer ajudar a construir este novo mundo, que todos nós sabemos, não apenas é possível, mas dramaticamente necessário, como ficou claro, na recente crise financeira internacional – mesmo para os que não gostam de mudanças.Meus senhores e minhas senhoras,O olhar do mundo hoje, para o Brasil, é muito diferente daquele, de sete anos atrás, quando estive pela primeira vez em Davos. Naquela época, sentíamos que o mundo nos olhava mais com dúvida do que esperança. O mundo temia pelo futuro do Brasil, porque não sabia o rumo exato que nosso país tomaria sob a liderança de um operário, sem diploma universitário, nascido politicamente no seio da esquerda sindical. Meu olhar para o mundo, na época, era o contrário do que o mundo tinha para o Brasil. Eu acreditava, que assim como o Brasil estava mudando, o mundo também pudesse mudar.No meu discurso de 2003, eu disse, aqui em Davos, que o Brasil iria trabalhar para reduzir as disparidades econômicas e sociais, aprofundar a democracia política, garantir as liberdades públicas e promover, ativamente, os direitos humanos. Iria, ao mesmo tempo, lutar para acabar sua dependência das instituições internacionais de crédito e buscar uma inserção mais ativa e soberana na comunidade das nações. Frisei, entre outras coisas, a necessidade de construção de uma nova ordem econômica internacional, mais justa e democrática. E comentei que a construção desta nova ordem não seria apenas um ato de generosidade, mas, principalmente, uma atitude de inteligência política.Ponderei ainda que a paz não era só um objetivo moral, mas um imperativo de racionalidade. E que não bastava apenas proclamar os valores do humanismo. Era necessário fazer com que eles prevalecessem, verdadeiramente, nas relações entre os países e os povos. Sete anos depois, eu posso olhar nos olhos de cada um de vocês – e, mais que isso, nos olhos do meu povo – e dizer que o Brasil, mesmo com todas as dificuldades, fez a sua parte. Fez o que prometeu. Neste período, 31 milhões de brasileiros entraram na classe média e 20 milhões saíram do estágio de pobreza absoluta. Pagamos toda nossa dívida externa e hoje, em lugar de sermos devedores, somos credores do FMI.Nossas reservas internacionais pularam de 38 bilhões para cerca de 240 bilhões de dólares. Temos fronteiras com 10 países e não nos envolvemos em um só conflito com nossos vizinhos. Diminuímos, consideravelmente, as agressões ao meio ambiente. Temos e estamos consolidando uma das matrizes energéticas mais limpas do mundo, e estamos caminhando para nos tornar a quinta economia mundial. Posso dizer, com humildade e realismo, que ainda precisamos avançar muito. Mas ninguém pode negar que o Brasil melhorou.O fato é que Brasil não apenas venceu o desafio de crescer economicamente e incluir socialmente, como provou, aos céticos, que a melhor política de desenvolvimento é o combate à pobreza. Historicamente, quase todos governantes brasileiros governaram apenas para um terço da população. Para eles, o resto era peso, estorvo, carga. Falavam em arrumar a casa. Mas como é possível arrumar um país deixando dois terços de sua população fora dos benefícios do progresso e da civilização?Alguma casa fica de pé, se o pai e a mãe relegam ao abandono os filhos mais fracos, e concentram toda atenção nos filhos mais fortes e mais bem aquinhoados pela sorte? É claro que não. Uma casa assim será uma casa frágil, dividida pelo ressentimento e pela insegurança, onde os irmãos se vêem como inimigos e não como membros da mesma família. Nós concluímos o contrário: que só havia sentido em governar, se fosse governar para todos. E mostramos que aquilo que, tradicionalmente, era considerado estorvo, era, na verdade, força, reserva, energia para crescer.Incorporar os mais fracos e os mais necessitados à economia e às políticas públicas não era apenas algo moralmente correto. Era, também, politicamente indispensável e economicamente acertado. Porque só arrumam a casa, o pai e a mãe que olham para todos, não deixam que os mais fortes esbulhem os mais fracos, nem aceitam que os mais fracos conformem-se com a submissão e com a injustiça. Uma casa só é forte quando é de todos – e nela todos encontram abrigo, oportunidades e esperanças.Por isso, apostamos na ampliação do mercado interno e no aproveitamento de todas as nossas potencialidades. Hoje, há mais Brasil para mais brasileiros. Com isso, fortalecemos a economia, ampliamos a qualidade de vida do nosso povo, reforçamos a democracia, aumentamos nossa auto-estima e amplificamos nossa voz no mundo.Minhas senhoras e meus senhores,O que aconteceu com o mundo nos últimos sete anos? Podemos dizer que o mundo, igual ao Brasil, também melhorou? Não faço esta pergunta com soberba. Nem para provocar comparações vantajosas em favor do Brasil. Faço esta pergunta com humildade, como cidadão do mundo, que tem sua parcela de responsabilidade no que sucedeu – e no que possa vir a suceder com a humanidade e com o nosso planeta. Pergunto: podemos dizer que, nos últimos sete anos, o mundo caminhou no rumo da diminuição das desigualdades, das guerras, dos conflitos, das tragédias e da pobreza?Podemos dizer que caminhou, mais vigorosamente, em direção a um modelo de respeito ao ser humano e ao meio ambiente? Podemos dizer que interrompeu a marcha da insensatez, que tantas vezes parece nos encaminhar para o abismo social, para o abismo ambiental, para o abismo político e para o abismo moral? Posso imaginar a resposta sincera que sai do coração de cada um de vocês, porque sinto a mesma perplexidade e a mesma frustração com o mundo em que vivemos. E nós todos, sem exceção, temos uma parcela de responsabilidade nisso tudo.Nos últimos anos, continuamos sacudidos por guerras absurdas. Continuamos destruindo o meio-ambiente. Continuamos assistindo, com compaixão hipócrita, a miséria e a morte assumirem proporções dantescas na África. Continuamos vendo, passivamente, aumentar os campos de refugiados pelo mundo afora. E vimos, com susto e medo, mas sem que a lição tenha sido corretamente aprendida, para onde a especulação financeira pode nos levar.Sim, porque continuam muitos dos terríveis efeitos da crise financeira internacional, e não vemos nenhum sinal, mais concreto, de que esta crise tenha servido para que repensássemos a ordem econômica mundial, seus métodos, sua pobre ética e seus processos anacrônicos.Pergunto: quantas crises serão necessárias para mudarmos de atitude? Quantas hecatombes financeiras teremos condições de suportar até que decidamos fazer o óbvio e o mais correto? Quantos graus de aquecimento global, quanto degelo, quanto desmatamento e desequilíbrios ecológicos serão necessários para que tomemos a firme decisão de salvar o planeta?Meus senhores e minhas senhoras,Vendo os efeitos pavorosos da tragédia do Haiti, também pergunto: quantos Haitis serão necessários para que deixemos de buscar remédios tardios e soluções improvisadas, ao calor do remorso? Todos nós sabemos que a tragédia do Haiti foi causada por dois tipos de terremotos: o que sacudiu Porto Príncipe, no início deste mês, com a força de 30 bombas atômicas, e o outro, lento e silencioso, que vem corroendo suas entranhas há alguns séculos.Para este outro terremoto, o mundo fechou os olhos e os ouvidos. Como continua de olhos e ouvidos fechados para o terremoto silencioso que destrói comunidades inteiras na África, na Ásia, na Europa Oriental e nos países mais pobres das Américas. Será necessário que o terremoto social traga seu epicentro para as grandes metrópoles européias e norte-americanas para que possamos tomar soluções mais definitivas?Um antigo presidente brasileiro dizia, do alto de sua aristocrática arrogância, que a questão social era uma questão de polícia. Será que não é isso que, de forma sutil e sofisticada, muitos países ricos dizem até hoje, quando perseguem, reprimem e discriminam os imigrantes, quando insistem num jogo em que tantos perdem e só poucos ganham? Por que não fazermos um jogo em que todos possam ganhar, mesmo que em quantidades diversas, mas que ninguém perca no essencial?O que existe de impossível nisso? Por que não caminharmos nessa direção, de forma consciente e deliberada e não empurrados por crises, por guerras e por tragédias? Será que a humanidade só pode aprender pelo caminho do sofrimento e do rugir de forças descontroladas? Outro mundo e outro caminho são possíveis. Basta que queiramos. E precisamos fazer isso enquanto é tempo.Meus senhores e minhas senhoras,Gostaria de repetir que a melhor política de desenvolvimento é o combate à pobreza. Esta também é uma das melhores receitas para a paz. E aprendemos, no ano passado, que é também um poderoso escudo contra crise. Esta lição que o Brasil aprendeu, vale para qualquer parte do mundo, rica ou pobre. Isso significa ampliar oportunidades, aumentar a produtividade, ampliar mercado e fortalecer a economia. Isso significa mudar as mentalidades e as relações. Isso significa criar fábricas de emprego e de cidadania.Só fomos bem sucedidos nessas tarefas porque recuperamos o papel do Estado como indutor do desenvolvimento e não nos deixamos aprisionar em armadilhas teóricas – ou políticas – equivocadas sobre o verdadeiro papel do estado. Nos últimos sete anos, o Brasil criou quase 12 milhões de empregos formais. Em 2009, quando a maioria dos países viu diminuir os postos de trabalhos, tivemos um saldo positivo de cerca de um milhão de novos empregos.O Brasil foi um dos últimos países a entrar na crise e um dos primeiros a sair. Por que? Porque tínhamos reorganizado a economia com fundamentos sólidos, com base no crescimento, na estabilidade, na produtividade, num sistema financeiro saudável, no acesso ao crédito e na inclusão social. E quando os efeitos da crise começaram a nos alcançar, reforçamos, sem titubear, os fundamentos do nosso modelo e demos ênfase à ampliação do crédito, à redução de impostos e ao estímulo do consumo.Na crise ficou provado, mais uma vez, que são os pequenos que estão construindo a economia de gigante do Brasil. Este talvez seja o principal motivo do sucesso do Brasil: acreditar e apoiar o povo, os mais fracos e os pequenos. Na verdade, não estamos inventando a roda. Foi com esta força motriz que Roosevelt recuperou a economia americana depois da grande crise de 1929. E foi com ela que o Brasil venceu preventivamente a última crise internacional.Mas, nos últimos sete anos, nunca agimos de forma improvisada. A gente sabia para onde queria caminhar. Organizamos a economia sem bravatas e sem sustos, mas com um foco muito claro: crescer com estabilidade e com inclusão. Implantamos o maior programa de transferência de renda do mundo, o Bolsa Família, que hoje beneficia mais de 12 milhões de famílias. E lançamos, ao mesmo tempo, o Programa de Aceleração do Crescimento, o PAC, maior conjunto de obras simultâneas nas áreas de infra-estrutura e logística da história do país, no qual já foram investidos 213 bilhões de dólares e que alcançará, no final do ano de 2010, um montante de 343 bilhões.Volto ao ponto central: estivemos sempre atentos às politicas macro-econômicas, mas jamais nos limitamos às grandes linhas. Tivemos a obsessão de destravar a máquina da economia, sempre olhando para os mais necessitados, aumentando o poder de compra e o acesso ao crédito da maioria dos brasileiros. Criamos, por exemplo, grandes programas de infra-estrutura social voltados exclusivamente para as camadas mais pobres. É o caso do programa Luz para Todos, que levou energia elétrica, no campo, para 12 milhões de pessoas e se mostrou um grande propulsor de bem estar e um forte ativador da economia.Por exemplo: para levar energia elétrica a 2 milhões e 200 mil residências rurais, utilizamos 906 mil quilômetros de cabo, o suficiente para dar 21 voltas em torno do planeta Terra. Em contrapartida, estas famílias que passaram a ter energia elétrica em suas casas, compraram 1,5 milhão de televisores, 1,4 milhão de geladeiras e quantidades enormes de outros equipamentos.As diversas linhas de microcrédito que criamos, seja para a produção, seja para o consumo, tiveram igualmente grande efeito multiplicador. E ensinaram aos capitalistas brasileiros que não existe capitalismo sem crédito. Para que vocês tenham uma idéia, apenas com a modalidade de “crédito consignado”, que tem como garantia o contracheque dos trabalhadores e aposentados, chegamos a fazer girar na economia mais 100 bilhões de reais por mês. As pessoas tomam empréstimos de 50 dólares, 80 dólares para comprar roupas, material escolar, etc, e isto ajuda ativar profundamente a economia.Minhas senhoras e meus senhores,Os desafios enfrentados, agora, pelo mundo são muito maiores do que os enfrentados pelo Brasil. Com mudanças de prioridades e rearranjos de modelos, o governo brasileiro está conseguindo impor um novo ritmo de desenvolvimento ao nosso país. O mundo, porém, necessita de mudanças mais profundas e mais complexas. E elas ficarão ainda mais difíceis quanto mais tempo deixarmos passar e quanto mais oportunidades jogarmos fora. O encontro do clima, em Copenhague, é um exemplo disso. Ali a humanidade perdeu uma grande oportunidade de avançar, com rapidez, em defesa do meio-ambiente.Por isso cobramos que cheguemos com o espírito desarmado, no próximo encontro, no México, e que encontremos saídas concretas para o grave problema do aquecimento global. A crise financeira também mostrou que é preciso uma mudança profunda na ordem econômica, que privilegie a produção e não a especulação. Um modelo, como todos sabem, onde o sistema financeiro esteja a serviço do setor produtivo e onde haja regulações claras para evitar riscos absurdos e excessivos.Mas tudo isso são sintomas de uma crise mais profunda, e da necessidade de o mundo encontrar um novo caminho, livre dos velhos modelos e das velhas ideologias. É hora de re-inventarmos o mundo e suas instituições. Por que ficarmos atrelados a modelos gestados em tempos e realidades tão diversas das que vivemos? O mundo tem que recuperar sua capacidade de criar e de sonhar. Não podemos retardar soluções que apontam para uma melhor governança mundial, onde governos e nações trabalhem em favor de toda a humanidade.Precisamos de um novo papel para os governos. E digo que, paradoxalmente, este novo papel é o mais antigo deles: é a recuperação do papel de governar. Nós fomos eleitos para governar e temos que governar. Mas temos que governar com criatividade e justiça. E fazer isso já, antes que seja tarde. Não sou apocalíptico, nem estou anunciando o fim do mundo. Estou lançando um brado de otimismo. E dizendo que, mais que nunca, temos nossos destinos em nossas mãos. E toda vez que mãos humanas misturam sonho, criatividade, amor, coragem e justiça elas conseguem realizar a tarefa divina de construir um novo mundo e uma nova humanidade. Muito obrigado.”