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domingo, 23 de maio de 2010

Habermas e a Europa


Jürgen Habermas é um filósofo e sociólogo alemão mundialmente conhecido. Nasceu em Düsseldorf, em 18 de Junho de 1929. Licenciou-se na Universidade de Bonn, 1954. De 1956 a 1959, foi assistente de Theodor Adorno no Instituto de Pesquisa Social de Frankfurt. Em 1968, transferiu-se para Nova York, passando a lecionar na New School for Social Research de Nova York. A partir de 1971, dirigiu o Instituto Max Planck, em Starnberg, na Baviera. Em 1983, transferiu-se para a Universidade Johann Wolfgang von Goethe, de Frankfurt, onde permaneceu até se aposentar, em 1994. Em 2003, foi o vencedor do Prémio Príncipe das Astúrias de Ciências Sociais.
Saiu hoje no diário espanhol "El País" um texto seu , onde analisa a conjuntura politico-económica da Europa, comentando criticamente o papel da Alemanha na crise que assombra o velho continente. No panorama pobre e previsível dos comentadores oficiosos, é importante conhecer a opinião de alguém que sabe realmente pensar (que nos pode ajudar a pensar), estando longe de ser aprisionável pela vulgata do economês neo-liberal ou pelo europês entaremelado dos burocratas de Bruxelas. O texto em causa foi originalmente publicado no jornal alemão "Die Zeit", tendo sido traduzido para espanhol , por Jesús Alborés Rey. Num brevíssimo enquadramento pode ler-se no diário espanhol: "El filósofo alemán Jürgen Habermas exige a los Estados una mayor implicación política para defender a la UE de los ataques financieros y muestra que la Alemania actual no está en el mejor momento para asumir el liderazgo". Eis o texto:


"En el euro se decide el destino de la UE"

Días decisivos: Occidente celebra el 8 de mayo y Rusia el 9 de mayo la victoria sobre la Alemania nacionalsocialista; también aquí, en Alemania, se habla de día de la liberación. Este año, las fuerzas de la alianza que lucharon contra Alemania (con la participación de una unidad polaca) celebraron conjuntamente un desfile de la victoria. En la Plaza Roja de Moscú Angela Merkel estaba justo al lado de Vladímir Putin. Su presencia confirmaba el espíritu de aquella nueva Alemania surgida en la posguerra, cuyas distintas generaciones no han olvidado que también fueron liberadas, a costa de los mayores sacrificios, por el Ejército ruso.
La canciller llegó desde Bruselas, donde había tratado de una derrota de un tipo completamente distinto. La imagen de la conferencia de prensa en la que se anunció la decisión de los jefes de Gobierno de la UE sobre el fondo de rescate común para contrarrestar los ataques al euro traicionaba la convulsa mentalidad no de aquella nueva Alemania, sino de la Alemania de hoy. La chirriante foto muestra las caras petrificadas de Merkel y Nicolas Sarkozy: unos jefes de Gobierno exhaustos que ya no tienen nada que decirse. ¿Acabará siendo esa foto el referente iconográfico del fracaso de una manera de ver Europa que ha marcado su historia durante más de medio siglo?
Mientras que en Moscú Merkel estaba a la sombra de la tradición de la antigua República Federal, este 8 de mayo pasado, en Bruselas, la canciller dejaba tras sí algo distinto: la lucha de semanas de una empedernida defensora de los intereses nacionales del Estado económicamente más poderoso de la UE. Apelando al ejemplo de la disciplina presupuestaria alemana, había bloqueado una acción conjunta de la Unión que habría respaldado a tiempo la credibilidad de Grecia frente a una especulación que buscaba la quiebra del Estado. Una serie de declaraciones de intenciones ineficaces había impedido una acción preventiva conjunta. Grecia como un caso aislado.
Hasta que no se ha producido la última conmoción bursátil, la canciller no ha cedido, ablandada por el masaje anímico colectivo del presidente de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional y del Banco Central Europeo. Por temor a las armas de destrucción masiva de la prensa amarillista parecía haber perdido de vista la potencia de las armas de destrucción masiva de los mercados financieros. No quería de ninguna manera una eurozona sobre la que el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, pudiera decir al día siguiente: quien no quiera la unificación de las políticas económicas, debe olvidarse también de la Unión Monetaria.
La cesura. Desde entonces, todos los afectados empiezan a vislumbrar el alcance de la decisión que se tomó el 8 de mayo de 2010 en Bruselas. Las medidas de emergencia sobre el euro adoptadas de la noche a la mañana han tenido consecuencias distintas de las de todos los bail outs habidos hasta la fecha. Como ahora es la Comisión quien suscribe los créditos en los mercados representando a la Unión Europea en su conjunto, este mecanismo de crisis se ha convertido en un instrumento de comunidad que transforma las bases económicas de la Unión Europea.
El hecho de que a partir de ahora los contribuyentes de la zona euro avalen solidariamente los riesgos presupuestarios del resto de los Estados miembros supone un cambio de paradigma. Se ha tomado conciencia así de un problema reprimido desde hacía mucho tiempo. La crisis financiera, amplificada a crisis de Estado, nos trae el recuerdo de los errores originales de una Unión Política incompleta que se ha quedado a mitad de camino. En un espacio económico de dimensiones continentales, sumamente poblado, surgió un Mercado Común con una moneda parcialmente común, sin que al mismo tiempo se introdujeran competencias que sirvieran para coordinar eficazmente las políticas económicas de los Estados miembros.
Hoy ya nadie puede rechazar de plano, calificándola de irrazonable, la exigencia formulada por el presidente del Fondo Monetario Internacional de un "gobierno económico europeo". Los modelos de una política económica "conforme a las reglas" y de un presupuesto "disciplinado", según lo establecido en el Pacto de Estabilidad, no están a la altura de los desafíos de una adaptación flexible a constelaciones políticas en rápida transformación. Claro que hay que sanear los presupuestos nacionales. Pero no se trata únicamente de las trapacerías griegas o de las ilusiones de bienestar españolas, sino de una equiparación político-económica de los niveles de desarrollo dentro de un espacio monetario con economías nacionales heterogéneas. El pacto de Estabilidad, que precisamente Francia y Alemania tuvieron que dejar en suspenso en 2005, se ha convertido en un fetiche. No bastará con endurecer las sanciones para equilibrar las consecuencias no deseadas de la deseada asimetría entre la completa unificación económica de Europa y su incompleta unificación política.
Incluso la sección de Economía del Frankfurter Allgemeine Zeitung considera que "la unión monetaria está en la encrucijada". El periódico atiza con un escenario de horror la nostalgia por el marco alemán en contra de los "países con monedas débiles", mientras que una amoldable canciller habla repentinamente de que los europeos deben buscar "una mayor integración económica y financiera". Pero no hay, a lo ancho y a lo largo, huella alguna de la conciencia de una profunda cesura. Unos confunden la conexión causal entre la crisis del euro y la crisis bancaria y apuntan exclusivamente el desastre a la falta de disciplina presupuestaria. Otros se afanan denodadamente en reducir el problema de la falta de coordinación entre las políticas económicas nacionales a una mera cuestión de mejora de la gestión.
La Comisión Europea quiere que el fondo de rescate, de duración limitada, se mantenga a largo plazo, además de inspeccionar los planes presupuestarios nacionales, incluso antes de que estos se hayan sometido a los parlamentos nacionales. No es que estas propuestas sean descabelladas. Pero es una falta de vergüenza sugerir que semejante intervención de la Comisión en el derecho presupuestario de los parlamentos no tocaría los tratados y no aumentaría de forma inaudita el déficit democrático que se arrastra desde hace tanto tiempo. Una coordinación eficaz de las políticas económicas debe conllevar un reforzamiento de las competencias del Parlamento de Estrasburgo; también planteará, en otros ámbitos políticos, la necesidad de una mejor coordinación.
Los países de la zona euro se enfrentan a la alternativa entre una profundización de la cooperación europea y la renuncia al euro. No se trata de la "vigilancia recíproca de las políticas económicas" (Trichet), sino de una actuación común. Y la política alemana está mal preparada para esto.
Cambio generacional y nueva indiferencia. Tras el Holocausto, hicieron falta esfuerzos de décadas -desde Adenauer y Heinemann, pasando por Brandt y Helmut Schmidt, hasta Weizsäcker y Kohl- para el retorno de la República Federal al círculo de las naciones civilizadas. No bastaba con la astuta táctica marcada por el ministro de Exteriores, Hans Dietrich Genscher, de orientarse a Occidente por razones de oportunidad. Era precisa una transformación, infinitamente trabajosa, de la mentalidad de toda la población. Lo que acabó por propiciar un talante conciliador en nuestros vecinos europeos fueron, en primer término, la transformación de las convicciones normativas y el cosmopolitismo de las generaciones más jóvenes, crecidas en la República Federal. Y, naturalmente, en la actividad diplomática marcaron la pauta las convicciones creíbles de los políticos en activo durante aquella época.
El manifiesto interés de los alemanes por una unificación europea pacífica no era suficiente para desactivar la desconfianza hacia ellos, históricamente fundamentada. Los alemanes occidentales parecían conformarse con la división nacional. A ellos, con el recuerdo de sus excesos nacionalistas, no habría de resultarles difícil renunciar a la reivindicación de sus derechos de soberanía, asumir en Europa el papel del principal contribuyente neto y, si hacía falta, adelantar créditos que, en cualquier caso, redundaban en beneficio de la República Federal. El compromiso alemán, para ser convincente, tenía que tener un arraigo normativo. Jean-Claude Juncker ha descrito bien esa prueba de esfuerzo cuando, en alusión al frío cálculo de intereses de Angela Merkel, echaba en falta la disposición a "aceptar riesgos en la política interna en pro de Europa".
La nueva intransigencia alemana tiene raíces profundas. Ya con la reunificación se transformó la perspectiva de una Alemania que había crecido y se ocupaba de sus propios problemas. Más importante fue la quiebra de las mentalidades que se produjo tras la marcha de Helmut Kohl. Con la excepción de un Joschka Fischer prematuramente agotado, desde la toma de posesión de Gerhard Schröder gobierna una generación normativamente desarmada que permite que una sociedad cada vez más compleja le imponga un trato cortoplacista con los problemas del día a día. Consciente de la reducción de los márgenes de juego político, renuncia a fines y a intenciones de transformación política, por no hablar de un proyecto como la unificación de Europa.
Hoy las élites alemanas disfrutan de una recuperada normalidad nacional estatal. Al final de un largo camino hacia Occidente han adquirido su certificado de madurez democrática y pueden volver a ser como los demás. Ha desaparecido aquella nerviosa disposición a acomodarse con mayor prontitud a la constelación posnacional de un pueblo vencido también moralmente y obligado a la autocrítica. En un mundo globalizado todos deben aprender a incorporar a la propia perspectiva la de los otros, en vez de retraerse a la mezcla egocéntrica de esteticismo y optimización del beneficio. Un síntoma político del retroceso de la disposición a aprender son las sentencias sobre los tratados de Maastricht y Lisboa del Tribunal Constitucional alemán, que se aferran a superados dogmatismos jurídicos relativos a la soberanía. La mentalidad del ensimismado coloso centroeuropeo, que gira en torno a sí misma y que carece de ambición normativa, ya no es ni siquiera garantía de que la Unión Europea se mantendrá en su tambaleante status quo.
La adormecida conciencia de crisis. Cambiar de mentalidad no es razón alguna para hacer reproches; pero la nueva indiferencia tiene consecuencias para la percepción política del desafío actual. ¿Quién está realmente dispuesto a sacar de la crisis bancaria aquellas conclusiones que la cumbre del G-20 de Londres plasmó en bellas declaraciones de intenciones... y a luchar por ellas?
Por lo que respecta a la doma del asilvestrado capitalismo financiero, nadie puede engañarse sobre la voluntad mayoritaria de las poblaciones. Por primera vez en la historia del capitalismo, en el otoño de 2008 sólo pudo salvarse la columna vertebral del sistema económico mundial, impulsado por los mercados financieros, gracias a las garantías de los contribuyentes. Y este hecho -que el capitalismo no pueda ya reproducirse por sus solas fuerzas- se ha fijado desde entonces en las conciencias de los ciudadanos que, como ciudadanos-contribuyentes, tuvieron que salir fiadores del fracaso del sistema.
Las exigencias de los expertos están sobre la mesa. Se está hablando sobre el aumento de los fondos propios de los bancos, una mayor transparencia para las actuaciones de los fondos especulativos de inversión, la mejora de los controles de las bolsas y las agencias de calificación de riesgos financieros, la prohibición de instrumentos especulativos llenos de imaginación pero dañinos para las economías nacionales, la imposición de una tasa a las transacciones financieras, el reforzamiento de las provisiones bancarias, la separación de la banca de inversión y comercial o la disgregación preventiva de los complejos bancarios demasiados grandes para caer. En la cara de Josef Ackermann, presidente del Deutsche Bank y astuto lobbista mayor de la banca alemana, se reflejaba un cierto nerviosismo cuando la periodista televisiva Maybrit Illner le daba a elegir entre algunos de estos "instrumentos de tortura" de los legisladores.
No es que la regulación de los mercados financieros sea tarea sencilla. Para llevarla a cabo también se requiere, sin duda, el conocimiento especializado de los banqueros más taimados. Pero las buenas intenciones fracasan no tanto por la complejidad de los mercados como por la pusilanimidad y falta de independencia de los Gobiernos nacionales. Fracasan por una apresurada renuncia a una cooperación internacional que se ponga como fin el desarrollo de las capacidades de actuación políticas de las que se carece... y ello en todo el mundo, en la Unión Europea y en primerísimo lugar dentro de la zona euro. En el asunto de la ayuda a Grecia, los negociantes y especuladores en divisas creyeron antes el hábil derrotismo empresarial de Ackermann que la tibia aprobación de Merkel al fondo de rescate del euro; realmente, no tienen confianza alguna en la decidida disposición a cooperar de los países de la zona euro. ¿Cómo podrían ser de otra manera las cosas en una Unión que derrocha sus energías en peleas de gallos para llevar a las figuras más grises a los cargos más influyentes?
En épocas de crisis, incluso los individuos pueden hacer historia. Nuestra enervada élite política, que prefiere seguir los titulares del Bildzeitung, no puede convencerse a sí misma de que son las poblaciones quienes impiden una unificación europea más profunda. Saben perfectamente que el retrato demoscópico de la opinión de la gente no es lo mismo que el resultado de la formación de una voluntad democrática deliberativamente constituida de los ciudadanos. Hasta hora, no ha habido en país alguno una sola elección europea o un solo referéndum en el que se haya decidido sobre algo que no sean temas y listas electorales nacionales. Sin mencionar siquiera la miopía nacional-estatal de la izquierda (y aquí no hablo sólo del partido alemán La Izquierda), hasta este momento todos los partidos políticos nos deben el intento de conformar políticamente la opinión pública mediante una Ilustración a la ofensiva.
Con un poco de nervio político, la crisis de la moneda común puede acabar produciendo aquello que algunos esperaron en tiempos de la política exterior común europea: la conciencia, por encima de las fronteras nacionales, de compartir un destino europeo común.

sexta-feira, 19 de outubro de 2007

Chavez, a liberdade de imprensa e Habermas







Pareceu-me útil transcrever o texto que se segue, apesar da sua dimensão.Foi publicado numa interessante revista brasileira de grande circulação, mas pouco difundida em Portugal: CartaCapital. Ocupa-se de Chavez e da liberdade de imprensa. Mostra como se têm contado algumas "histórias da carochinha", a propósito dele e do seu "bolivarianismo". E se será imprudente ver nele o infalível paradigma de uma nova esperança universal, pior será encará-lo com os olhos do Sr. Bush, vendo nele a perigosa raiz de todos os males.

Como podem verificar é um texto que informa e não sendo asséptico, nem cai no anátema, nem no panegírio. Aliás, também entre nós, seria bom que a comunicação social tivesse o cuidado de não ser, com demasiada frequência, uma câmara de eco acrítica da propaganda internacional da administração norte-americana.




Nem Estado nem mercado
por Antonio Luiz M. C. Costa

Se Chávez é ameaça à expressão livre, idem os oligopólios da informação


Difícil equilibrio Ninguém está acima de críticas e é compreensível que seja criticada a decisão de Hugo Chávez de não renovar a concessão da oposicionista Radio Caracas Televisión (RCTV) e transferir seu canal de tevê aberta para uma emissora estatal.

É correto criticar a atitude de Chávez na medida em que deixam de garantir diversidade, equilíbrio e acesso público, e servem para calar críticos indiscriminadamente – como, por exemplo, a disposição que prevê a punição de “desrespeito” ao governo. O presidente já detém o controle do governo federal, da maioria dos estados e municípios, do Legislativo e de boa parte do Judiciário – obtido em eleições livres e por meios legítimos, vale lembrar – e não deveria precisar de meios tão extremos para proteger a legalidade. Mas é errado tratar Chávez como a primeira e única ameaça à liberdade na Venezuela. Ameaça muito maior foi a própria mídia, durante o golpe de 2002.

Igualmente errôneo é acusá-lo de criar um monopólio da informação: isso já existia. Na pior das hipóteses, se o governo venezuelano tomasse as emissoras restantes e as controlasse diretamente, o monopólio só mudaria de mãos. Caso se queira mesmo defender a pluralidade e a liberdade de informação dos excessos de Chávez, o retorno da RCTV e do oligopólio midiático não é a solução.

As críticas devidas ao personalismo e ao autoritarismo não deveriam servir para ocultar o problema muito mais amplo da hegemonização e homogeneização da informação, na maior parte do planeta, pela grande mídia transnacional ou pelos oligopólios nacionais. A própria maneira como essa mídia tem falseado o debate venezuelano e omitido ou minimizado dados essenciais da questão é mais uma justificativa para ampliar o debate sobre a conveniência de se limitar o poder dos oligopólios da comunicação, a bem da democracia e liberdade de informação propriamente ditas.

O resultado mais comum das crises da imprensa no mundo tem sido o encolhimento do pluralismo em favor da formação de umas poucas sociedades anônimas transnacionais que não só açambarcam a distribuição de notícias e opiniões, como também a condicionam e subordinam ao lucro do conglomerado e de seus parceiros e clientes, em prejuízo da busca de qualidade e objetividade.

Em artigo para o Süddeutsche Zeitung de 16 de maio (traduzido na Folha de S.Paulo do dia 27) o filósofo alemão Jürgen Habermas manifestou-se sobre a questão a partir da situação desse jornal alemão. As famílias controladoras, insatisfeitas com a lucratividade, querem vendê-lo a investidores ou conglomerados de mídia, como já se deu com muitas publicações tradicionais e prestigiosas.

Em geral, seguem-se medidas de racionalização que reduzem o alcance e a autonomia dos jornalistas e comprometem o esforço de reportagem e análise independente – dispensa de repórteres experientes e de correspondentes no estrangeiro, por exemplo – para chegar a taxas de lucro comparáveis às de setores de ponta e promover “sinergia” com outros braços do grupo empresarial. Sobra a edição de press-releases e comunicados de agências internacionais e a promoção sensacionalista de personalidades, eventos e interesses de controladores e anunciantes espalhados por todos os setores da economia, das finanças ao cinema.

Isso é muito perturbador para um filósofo que faz do ideal de uma rede autônoma de arranjos comunicativos regida por princípios éticos e racionais o fundamento da formação da vontade e opinião pública esclarecidas e da própria democracia. Nesse setor, ao menos, Habermas recusa a hegemonia do sistema disfarçada em escolha do consumidor: “Pois essa mercadoria a um só tempo atende e transforma as preferências de seus consumidores”. Propõe a intervenção e participação do Estado na imprensa escrita, pelo meio que for adequado – subvenção estatal, renúncia fiscal ou fundações com participação pública –, como já se aceita na Alemanha e na maior parte da Europa, no que se refere à tevê.

Caso contrário, a esfera pública não seria mais capaz de desempenhar sua função de fazer do processo democrático um debate ético com resultados racionais. “Quando se trata de gás, eletricidade ou água, o Estado tem a obrigação de prover as necessidades energéticas da população. Por que não deveria prover essa outra espécie de ‘energia’, sem a qual o próprio Estado democrático pode acabar avariado?”

Um capitalismo de empresas nacionais sob controle familiar podia dar mais margem à busca de qualidade e diversidade. Empresários enquanto pessoas físicas podem ter outros objetivos que não o resultado material e imediato, tais como acumular “capital simbólico”, prestígio ou credibilidade intelectual. Podiam se dar ao luxo de aceitar uma taxa de lucro abaixo da média para manter um alto padrão de objetividade e independência, ou mesmo nadar contra a corrente. Já sociedades anônimas submetidas à busca de valorização do capital sem qualificações só sabem contabilizar dinheiro vivo, descontado a juros de mercado.

“O mercado foi outrora o cenário em que idéias subversivas puderam se emancipar da repressão estatal. Mas o mercado só é capaz de desempenhar essa função se as determinações econômicas não penetrarem nos poros dos conteúdos culturais e políticos dispersos no mercado”, concluiu Habermas.

Pois já penetraram e muito – e a conseqüência lógica deve ser buscar maneiras de tirar do mercado a hegemonia sobre o “quarto poder” – e a proposta do filósofo, se for algo mais do que uma luta de retaguarda em defesa de meras “reservas” de pensamento racional, deveria ir além da preservação da imprensa tradicional para buscar meios de dar voz àqueles que não têm capital, grande ou pequeno.

Isso não significa, bem entendido, dar ao Executivo a hegemonia sobre a mídia, como já é realidade na Rússia de Putin e uma tendência na Venezuela. Em um mundo ideal, o governo venezuelano teria recorrido a um processo público e democrático para conceder esse ou outros canais a fundações com real independência, cujo orçamento não dependa da vontade do governo ou dos interesses de patrocinadores privados, mas seja garantido por uma porcentagem dos impostos, ou outra fonte fixa de recursos.

Mas, nesse mesmo mundo, as concessões das tevês venezuelanas teriam sido cassadas há anos e seus dirigentes ainda estariam atrás das grades. O que teria acontecido, em qualquer país desenvolvido, com uma emissora que participasse de uma conspiração para depor o governo eleito de seu próprio país? Segundo Patrick McElwee, da ONG estadunidense Just Foreign Policy, “o caso da RCTV não é de censura de opinião política. Um governo, por meio de um processo falho, deixou de renovar a concessão de uma empresa que não a teria conseguido em outras democracias, inclusive os Estados Unidos. De fato é espantoso, francamente, que essa companhia tenha tido permissão de transmitir por cinco anos após o golpe e que o governo Chávez tenha esperado pelo fim da licença para lhe tirar a permissão de usar o espectro público”.

Nos dias que precederam o golpe de abril de 2002, as quatro principais redes – Venevisión, RCTV, Televen e Globovisión, apelidadas por Chávez de “Cavaleiros do Apocalipse” – trocaram a programação regular por discursos antichavistas e convocações aos espectadores para ocupar as ruas: “Nenhum passo atrás. Saia! Saia agora!” Esses anúncios eram patrocinados pela PDVSA, ainda controlada pela oposição, mas as emissoras o colocavam no ar como “de interesse público”.

Na noite do golpe, os conspiradores, inclusive o candidato a ditador Pedro Carmona, reuniram-se na emissora do poderoso empresário Gustavo Cisneros, a Venevisión. O presidente da Televen, Omar Camero, e a co-proprietária do Canal Metropolitano de Televisión (CMT), Albertina de Petricca, foram signatários, juntamente com outros empresários e militares, do decreto que empossou Carmona e dissolveu a Assembléia Nacional.

As emissoras celebraram abertamente a “renúncia” de Chávez. Mas, quando os chavistas reagiram, foi imposto um apagão noticioso. Andres Izarra, jornalista venezuelano que trabalhou como editor da CNN em espanhol antes de se tornar gerente de produção do telejornal da RCTV, recebeu instruções claras: “Nenhuma informação sobre Chávez, seus seguidores, ministros ou qualquer pessoa que possa ser relacionada a ele”.

Izarra viu os chefes suprimirem a reportagem de uma afiliada dos EUA que revelava que Chávez não havia renunciado e sim seqüestrado e preso. Também as notícias de que o golpe fora condenado por México, Argentina e França. Quando o repórter em Miraflores avisou que o palácio fora retomado por chavistas e o presidente retornava, as notícias foram trocadas por Pretty Woman e desenhos de Tom e Jerry. O jornalista decidiu dar um basta e pediu o boné. Meses depois, dizia a Naomi Klein, da revista estadunidense The Nation, que as quatro redes deveriam ter as concessões revogadas.

Apesar disso, a ONG Repórteres Sem Fronteiras assumiu a defesa incondicional e acrítica das empresas de mídia. Repetiu o discurso das emissoras golpistas, chamou o fracassado Carmona de “ex-presidente”, insistiu na mentira de que Chávez havia “renunciado” e condenou-o pelas freqüentes interrupções da programação para falar ao povo em cadeia nacional – tudo isso nas semanas seguintes à tentativa de golpe da qual elas haviam ativamente participado!

Chávez não tinha condições para punir a mídia no momento em que foi reconduzido ao palácio. Começou a acumular forças no início de 2003, quando outra tentativa de depô-lo por meio de um locaute geral lhe deu argumentos para controlar de fato a estatal petrolífera e os recursos do petróleo, criar programas sociais de grande impacto e vencer o referendo de 2004 que o consolidou, mas o momento adequado para intervir nas emissoras já passara.

Primeiro, criou uma rede de mídia estatal, que começou com a fundação da Telesur, canal de satélite, em julho de 2005, com participação de Argentina, Cuba, Uruguai e, depois, também Bolívia e Nicarágua. Em fevereiro de 2007, a Telesur comprou o canal da CMT e passou a transmitir como tevê aberta na Venezuela.

Apesar de 46% do capital da Telesur pertencer a Caracas, essa emissora não é só propaganda chavista. Dirigida por Andrés Izarra, tem jornalistas respeitados e seu conselho conta com personalidades independentes e de brilho próprio, como o Prêmio Nobel da Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel, o escritor paquistanês Tariq Ali, o historiador Ignacio Ramonet e o programador estadunidense Richard Stallman, criador do movimento pelo software livre e do copyleft (forma de proteção dos direitos autorais que permite ao autor estabelecer as condições em que seu trabalho pode ser copiado e reproduzido sem a rigidez e as restrições do copyright).

Além de criar essa estação, Chávez decidiu aplicar a lei vigente desde antes do início de seu governo, que faz da renovação ou não das concessões de canais de rádio e tevê uma decisão administrativa do Executivo, sem necessidade de qualquer consulta. As concessões à RCTV, Televen e Venevisión, por 20 anos, foram outorgadas em 27 de maio de 1987. Desde a confirmação de Chávez no plebiscito de 2004, Cisneros aceitou um acordo pragmático com o presidente, pelo qual deixaram de se atacar mutuamente e a Televen de Camero fez o mesmo, mas a RCTV continuou a agredir o governo e a apoiar incondicionalmente a oposição. Televen e Venevisón tiveram as concessões renovadas – e não opinaram sobre o fechamento da RCTV e as manifestações que se seguiram.

No lugar da emissora de Marcel Granier (que continua a transmitir por cabo e satélite) entrou a Televisora Venezolana Social (TVes), operada por uma fundação controlada pelo governo. É cedo para avaliá-la. Em princípio deve difundir produções independentes de todos os tipos, inclusive de opinião da oposição.

Já a Globovisión, do empresário Alberto Ravell, ainda tem oito anos de concessão pela frente e a expectativa de Chávez, provavelmente, era de que o exemplo da concorrente lhe inspirasse um comportamento mais cordato. Entretanto, a rede atacou Cisneros e a Venevisión – que também se tornaram alvos das marchas de protesto da oposição – por não se solidarizar com a RCTV e fez uma cobertura tão parcial e sensacionalista quanto se poderia esperar.

Também exibiu um documentário sobre os programas e as notícias transmitidos pela RCTV durante sua história. Um trecho desse documentário mostrava o atentado de 1981 contra o papa João Paulo II ao som de uma canção do panamenho Ruben Blades, dizendo “tenham fé, que isto não acaba aqui”.

O ministro das Comunicações, William Lara, interpretou a cena como incitação “subliminar” ao assassinato de Chávez e levou o caso à Justiça. Também pediu investigação da CNN em espanhol, por mostrar cenas de uma manifestação massiva contra o assassinato de um jornalista em Acapulco, no México, como se fossem parte dos protestos contra a cassação da RCTV (a emissora reconheceu o erro e pediu desculpas) e justapor, em vídeo, Hugo Chávez a protestos contra o governo chinês e o cadáver de um suposto líder da Al-Qaeda.

Soa como paranóia, mas não totalmente injustificada: durante a campanha para o referendo de 2004, o ator venezuelano Orlando Urdaneta pediu o assassinato de Chávez “com um rifle de mira telescópica” em um programa dirigido pela jornalista Maria Elvira, do canal 22 a cabo da Flórida. A própria apresentadora, em 2005, juntamente com os convidados, um venezuelano residente em Miami e um ex-agente da CIA, defendeu o assassinato de Chávez por ação militar dos EUA.

A associação de Chávez ao terrorismo começou a ser forçada quando a Telesur, anunciada como concorrente de estadunidenses como essa, foi apresentada pelas agências internacionais como a “Al-Jazira do Sul”. Em janeiro de 2006, quando a Telesur firmou de fato um acordo de cooperação com a emissora do Catar, o deputado republicano Connie Mack, da Flórida, levou a acusação para além do subliminar: “Quando Chávez lançou a Telesur, eu salientei muitas preocupações sobre ele estar criando uma rede inspirada na Al-Jazira. Hoje, ele foi ainda além. Não é suficiente para ele espalhar sua propaganda socialista pela América Latina. Agora ele fez uma parceria com a tevê terrorista (sic) original”.

Ao roubar audiência da CNN e da Fox e permitir a povos dos países periféricos ver a realidade com outros olhos, as duas redes, é claro, cometem um atentado contra o oligopólio da mídia global pelo Primeiro Mundo, um cartel dedicado – com a exceção parcial do canal Euronews, das tevês públicas européias – a apresentar o ponto de vista dos grandes grupos transnacionais como a única verdade factual.